02 abril 2007

Caso del Mendigo Millonario

El misterio que esconde el desierto. En diciembre de 2005, la prensa informó que un millonario, que vivía como mendigo en Iquique, había sido asesinado y su cadáver abandonado en el desierto. La policía encontró a los supuestos responsables, uno de ellos amigo de la víctima, siendo condenados por la Justicia. Hoy, la Corte Suprema debe revisar el fallo ante una petición de nulidad de los acusados.
Como toda historia demasiado simple, a su hora, debimos prestar mayor atención al crimen que llegó a la capital rotulado por la prensa nortina como ‘el caso del mendigo millonario', para llenar desde diciembre de 2005 titulares sensacionalistas en los medios escritos, largos reportajes de investigación en TV, y probablemente aliñar más de una sobremesa con su saga de novelón tan sórdido como aparentemente predecible.
En síntesis, la historia que va hilando las vidas de un conjunto de personas con nombres que pudo inventar García Márquez, se construye así: en una modesta calle de Iquique vivía un personaje excéntrico y –según quienes lo conocieron– desagradable de presencia y trato. Su nombre: Jorge Cappona Fabila.
Pese a que habitaba una vivienda a todas luces miserable, tejió en torno a sí la leyenda de que poseía una fortuna constituida por diversas propiedades y, entre ellas, 600 hectáreas cerca de la minera Cerro Colorado, en pleno desierto. En su relato, los terrenos albergaban importantes reservas de agua. Adicionalmente afirmaba que –sin su autorización legal– torres eléctricas de diversas empresas mineras cruzaban a través de su propiedad.
Alegando que si iniciaba un juicio por usurpación ilegal de sus derechos, obtendría millonarias indemnizaciones, persuadió a vecinos y a sus pocos allegados de que su fortuna estaba ad portas y moriría sin herederos.

Toto
Entre esos allegados, figuraba Luis Pedro Buccioni –conocido como ‘Toto', el mayor entre cuatro hermanos de una familia que construyó su fortuna a punta de golpes de suerte (la madre ganó un par de veces la lotería) y por su participación en diversos negocios que dieron origen a un holding, cuyo capital fue estimado en 300 millones de dólares, según la prensa.
‘Toto' parece –en términos de carácter– el reverso exacto de Cappona. Dueño de una personalidad seductora de la que dan cuenta numerosos matrimonios y los relatos de amigos y enemigos; llegó a la sesentena viviendo la vida del clásico tarambana.
Jugador empedernido, ganó y perdió fortunas en las mesas de póquer. Engendró hijos a diestra y siniestra, y sostuvo sin pudor que "el trabajo es para los tontos". Entre partidas desafortunadas y negocios improbables, Luis Pedro Buccioni fue de la cumbre al abismo económico, sabiendo que de cada catástrofe tendría que rescatarlo su hermano Miguel, líder del grupo de empresas que hoy compite por el liderazgo de las fortunas locales con la familia Sciaraffia, a la cual los ligan los negocios, y a raíz de ellos, una enemistad que se arrastra desde el 2003 a partir de mutuas acusaciones de estafa.

…Y el Diablo Los Junta
Cuentan que Luis Pedro recibía una ‘mesada' no inferior a los 2 millones de pesos, girada por Miguel de mala gana pero religiosamente, para complacer a su madre que, como corresponde a todo novelón, hasta hoy ama y protege contra viento y marea al patético retoño que nunca creció.
‘Toto' y Cappona se conocieron en antiguas juergas y cultivaron una amistad hecha de raras lealtades y frecuentes traiciones mutuas. Con cargo a su intangible fortuna, Cappona obtenía préstamos de Luis Pedro, hasta acumular una deuda no inferior a los 11 millones de pesos. A cambio de ella, finalmente ‘Toto' le exigió un poder que le permitiera administrar sus bienes, partiendo del supuesto que sus "habilidades como empresario" devolverían a ambos un buen pasar.
El resto de la historia es conocida: Cappona entregó el poder en agosto de 2005 y desapareció poco después del barrio. En diciembre, el peruano Santos Arroyo Sánchez, empleado de Miguel, denunció a la policía el crimen de Cappona, atribuyéndolo a Luis Pedro quien, entre tanto, había inscrito a su nombre las propiedades de Cappona.
Santos Arroyo, señaló como cómplice a Dinator Pizarro –también empleado de Miguel y éste condujo a la policía al desierto, donde el 6 de diciembre de 2005 se encontró en un pozo abandonado, el cadáver de Cappona.
En un juicio realizado en plazo record, Luis Pedro terminó condenado a 15 años y un día y Dinator Pizarro a 6 años.

El Pato de la Boda
A la luz de la secuencia de hechos aquí relatada, la sentencia parece evidente y justa. Sin embargo, en marzo de este año el peruano, cuyo testimonio dio origen al juicio, formalizó ante autoridades de su país una desconcertante declaración: sus acusaciones originales serían fruto de un soborno de 5 mil dólares, ofrecidos por el empresario iquiqueño José Miguel Sciaraffía, con el objetivo de perjudicar a Miguel Buccioni, con el móvil de desacreditarlo e inmovilizar a su defensa en el juicio que ambos sostienen, acusándose de estafa en proyectos inmobiliarios, disputa que involucra también al ex alcalde de Iquique, Jorge ("El Choro") Soria.
Sciaraffia, no habría pagado el soborno que, según Santos Arroyo, lo indujo a formular la acusación que concluyó con la condena de Luis Pedro Buccioni.
Así ‘Toto', con cargo a una vida de desaciertos, habría servido como ‘pato de la boda' para zanjar un combate entre dos grupos económicos que se juegan en esta pasada enormes fortunas.
Todo febrero se tomó el joven abogado Gonzalo Bulnes para aceptar, a petición de la madre de Luis Pedro, asumir la defensa del condenado. Finalmente aceptó el encargo porque –dice– "llegué a la convicción de que los jueces orales de Iquique condenaron sin pruebas a mi defendido".
En lo sustantivo, Bulnes alega que: "cualquiera que lea la sentencia comprobará que los propios jueces admiten que no se ha podido establecer la "causa científica de la muerte".
En términos simples, al emitir el veredicto los jueces no sabían de qué murió Cappona. Ante esta afirmación, cualquier jurista sabe que no se puede atribuir responsabilidad penal, porque no existen pruebas que acrediten un delito".
Lo cierto es que al revisar el caso son muchas las piezas que no calzan, según Bulnes.
Entre ellas, el hecho de que Santos Arroyo –prófugo por asesinato en su país– jamás declaró ante los tribunales orales de Iquique, haciendo llegar su testimonio por escrito a través del consulado. O el hecho de que los tanatólogos no lograron establecer ni siquiera si la causa de muerte de Cappona fue un asesinato.
Empeñado hoy en persuadir a la Corte Suprema de la necesidad de revisar el caso afirma:
"El juicio descarta toda hipótesis de muerte natural, partiendo del supuesto de homicidio que la fiscalía no logró respaldar con ninguna prueba incriminatoria".
El defensor señala que, a la luz de los hechos, Luis Pedro Buccioni fue sentenciado en base a presunciones no demostradas por la fiscalía ni cuestionadas con rigor por los jueces iquiqueños.
Lo más preocupante, es la conclusión de Bulnes: "he llegado a la convicción personal que mi defendido es apenas una pieza accesoria en un sórdido e intrincado conflicto de poder e intereses". "Cualquiera sea el destino judicial de esta causa –concluye Bulnes– creo que es mi deber llamar la atención de las autoridades, pues intereses extrajudiciales podrían estar instrumentalizando los tribunales, las instituciones del Estado, e incluso a la prensa regional en beneficio de sus propios intereses".
Todo parece indicar que en esta ocasión, el último ‘condoro' de Toto podría estallar con esquirlas que deberían quitar el sueño a muchos más que los acongojados miembros de su propia familia.
[2 de abril de 2007]
el periodista]

1 comentario:

Anónimo dijo...

Que buena exposición; Me ha encantado como has relatado la noticia. Un saludo.

E. Castellano